domingo 1 de noviembre de 2009

Ian Rodriguez (Las Tunas, 1973)


Ian Rodríguez Pérez
(Las Tunas, 1973)

Poeta.
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Director del Centro de Investigación y Promoción Literaria “Florentino Morales, Cienfuegos (provincia donde reside actualmente) es, además, estudiante de Comunicación Social, 4to año.

Ha publicado los libros de poesía:
  • Velas en torno al corazón demente (coedición de Ancoras y Reina del Mar Editores, 1997).
  • Agudos del silencio (Ediciones Mecenas, 2000).
  • Cambiar las formas del sueño (Reina del Mar Editores, 2003).
  • Nocturnidades (Editora Abril, 2007).
Y tiene en proceso de edición el cuaderno de poemas:
  • Esta costumbre de soñar lo mismo (Editorial Letras Cubanas).

Su obra ha sido distinguida con:

  • Premio en Poesía del Concurso “Waldo Medina” que convocan el Centro Municipal del Libro y la Literatura y la UNEAC de la Isla de la Juventud, 1994.
  • Premio en el Concurso “Poesía de Amor”, Isla de la Juventud, 1994.
  • Premio en Poesía “Abdala” que convoca la Unión Árabe de Cuba, La Habana, 1995.
  • Premio y Primera Mención en Poesía del Concurso “Waldo Medina”, Isla de la Juventud, 1996.
  • Primer Premio en Poesía “Batalla de Mal Tiempo”, Cienfuegos, 2005.
  • Premio en Poesía “Calendario” de la Asociación Hermanos Saíz, La Habana, 2005.

OTROS RECONOCIMIENTOS:

2006: la Asociación Hermanos Saíz le otorgó la Moneda XX Aniversario.
2008: la Filial UNEAC de Cienfuegos le otorgó una Beca de Creación por su proyecto de poesía El libro póstumo.

( Dirección de correo electrónico: cipl@azurina.cult.cu )


del cuaderno País de estatuas, (inédito)

El restaurador que persiste en restituir los silencios y el alma de una estatua, sus advenimientos y contrariedades, sus aspiraciones más ocultas ¿ha pensado en la indignación, la cólera, la rabia que exteriorizaría si hicieran lo mismo con él? ¿No se apena? ¿No siente sobrecogimiento o vergüenza por abusar, por excederse con quien tal vez sea más libre, más leal o momentáneamente más feliz, a pesar de su petrificación?
En toda estatua hay un tigre que conmueve y al mismo tiempo asedia. ¿Se atreverá a desenjaularlo?
El espectáculo es presumiblemente tentador, tiene todos los atractivos, cuenta con todas las expectativas de un desvencijado Coliseo. Antes de hacerlo, el restaurador debiera preguntarse, tendría que responderse si en realidad resulta provechoso dedicarse a reemplazar aquello que, a fin de cuentas, pudiera ser indestructible.


del cuaderno Marasmos de la restauración (inédito)
LIMBO DE LA VANIDAD


Hace miles de años, cuando el primer temblor del habla era apenas un suceso en los labios del hombre, ascendí a ese cúmulo al que Milton, más tarde presentó a sus coetáneos como Limbo de la vanidad.

Cuánto fue mi asombro al descubrir que Dios estaba allí. Arrobado por su presencia me dirigí a él en una oración:

— Bendíceme, Señor, soy tu esclavo. Tu oculto deseo, ah Creador, es mi designio. Soy tu criatura, te obedeceré por siempre, Padre. Y en tu nombre obraré. De barro me has hecho, concédeme tu amor y piedad. Te debo cuanto soy. Con adoración ¿tu Reino algún día podré heredar? —

Mas al escuchar Dios todas mis promesas y, sin duda, mi más pésima inquietud, nada dijo. Si hubieran visto cuánta severidad tuve tiempo de apreciar en sus divinos ojos, antes de esfumarse, dejando en mi alma una tempestad violenta.

Seiscientos años después volví a subir a la montaña. No imaginan con cuánta sorpresa encontré allí a Satanás. Absorto, le dije:

— A ti, el más rebelde de todos, reverencio. Mi alma entrego al séquito que guías. Presto estoy a la más ardua empresa. El Cielo, oh Señor mío, debemos juntos recobrar —.

El diabólico ser no contestó. Lo vi desplegar sus alas inmensas. Si hubiesen visto con cuánta ira batió sus alas, antes de perderse en el Caos.

Doscientos años después volví a escalar la montaña. No encontré a Dios. Tampoco a Satanás. Sin embargo, allí estaba mi Alma. Conmovido por su revelación, una vez más consideré oportuno hilvanar mis palabras, y entonces expresé:

— Tú eres mi anhelo supremo, mi plenitud. Tú has sido mi pasado y mi futuro edificarás. Como una raíz, soy tu prolongación en la tierra oscura. Como tu fruto, dejo mi aroma en el aire. El viento lo conducirá a tierras lejanas y así todos sabrán de mí y de ti. No habrá ser que pueda resistirse a admirarnos —.

Antes de ser la niebla que hoy cubre, como un velo, la cumbre de esa montaña, se inclinó sobre mí. (Si hubiesen visto cómo me habló mi Alma). En un susurro, me hizo la siguiente confesión:

— Cómo puedes ser tan inconsecuente con tus palabras. Cuánto tiempo he esperado para brindarte cobija, como el mar a los arroyos que se deslizan con firmeza, procurando conciliar sus aguas, y tú no has sido capaz de identificarme: primero me confundes con Dios, luego con Satanás —.


del cuaderno Baladas para conjurar el desafecto (inédito)
ME SEDUJO VERTE LLORAR LA AUSENCIA DEL POETA

Me sedujo verte llorar la ausencia del poeta,
del tullido, el molido, el hombre apaleado por la vida que
como todos los poetas del mundo suele aparentar su hastío
argumentando lo duro que es vivir.
Para ese entonces no te habías cansado de extender pandemias,
no te habías revelado frente a Dios
y no eras lasciva, tenías una extraña luz
exterminándose en tus ojos. Extremadamente conmovedor
era ver cómo iba consumiéndose en ellos esa estrella
que ahora viaja de constelación en constelación.
Qué estremecedor me pareció el acto de convertirse en guijarro
para internarse en el fondo de un río desconocido.
Ah cuánto me arrepiento de no haber sido aquella noche
el hombre que alzabas por los pies,
colgado al sicómoro su cuerpo.
Podía haber visto cómo llorabas por mí
y no por el otro, extenuado de vivir.
Qué estremecedor habría sido esa noche
contemplar de cerca la abatida de los murciélagos
que seguramente se internaban en tus ojos, pretendiendo cegarte,
procurando arrebatar de tus abismos esa luz
que todavía me seduce y arroba.
A lo lejos el mar ladraba una misteriosa canción.
¿Qué no diera por haber sido yo el viento
para acompañarle en su canto?
Jamás imaginé que yo pudiera anhelar esos arpegios,
que ansiaría alguna vez tener la voz del poeta,
yo que tanto odié sus baladas, que llegué a exponer sus vísceras
en los mercados del mundo, yo que vendí sus huesos al mejor postor.
Cuánto me arrepiento de no haberte besado aquella vez,
cuando apagabas el cigarro usando por cenicero a mi corazón;
entonces no te habías decidido a aumentar con silicona tus senos,
no usabas minifalda, no sabías caminar con tacones,
todavía no eras adicta a andar exhibiéndote por el malecón.
No te internabas con cualquiera en las discotecas,
no andabas de la mano de cualquier restaurador por los bulevares del país
y todos celebraban tus inocentes ojos azules,
el aroma de esa piel acanelada; ignorábamos
el modo en que amarías a los muertos, ignorábamos
cuánto de fatídico te podía llegar a conmover.
Aquella tarde en el bar
no pude intuir al animal que ahora eres,
la fiera que deja correr sus uñas
surcando la espalda de otros hombres.
Qué fácil hubiese sido morderte un labio,
hacerte sangrar todo el invierno, después de recorrerte la nuca.
Si hubiera tenido a bien despeinar tu adolescencia,
pero fui discreto, demasiado cuidadoso,
no atiné a rasgarte el vestido, no me atreví
a hacerte sudar tu fragilidad campesina.
Ah vida, ¿qué ansia terrible me seduce con tu olor?
Muchacha lasciva, ¿de qué manera tan seductora
andas deambulando y te escondes?
Llevan tu vestido todas las mujeres:
rubias, pelirrojas y trigueñas pasan por mi lado indiferentes
y ya no te reconozco, no veo en sus ojos aquella luz.
Cuánto me arrepiento de no haber sido atrevido y rudo
para salvarte de lo perverso,
para no colgar al poeta en esa rama del sicómoro
donde te vi llorar la ausencia de sus madrigales y alboradas,
donde te descubrí iluminando con estremecidos relámpagos
la oscura noche de tormenta que
misericordiosa
finalmente me concedes.


de El libro póstumo (inédito)
RUIDO EN EL SISTEMA


Vengo a hacer un ruido en tu sistema:
yo puedo ser la piedra en tu zapato.
Y rodar y rodar como el Diablo manda
y ha quedado escrito (según el pacto).
Yo vengo así de un golpe, no necesito altavoces,
para hacerte saber que Dios también propone
su soledad en los mercados.


MICHEL MARTIN, EL POETA

Los poetas de mi generación son cada vez menos reticentes y condenan a los antiguos por lacónicos e insumisos. Escriben “vidriera” o “luz” en lugar de mujer, “lluvia” en lugar de “muerte”, “cloaca” la sustituyen por “víscera imprescindible”; rehúsan al término “corazón” porque se ha hecho habitual huir de aquello que no admite reajustar un precio.
Acostumbrados a alegatos e inconsecuencias de repudiable naturaleza, se acomodan al anonimato o se dejan acoger por la aborrecible sombra de un nombre.
Yo me desentiendo de la petulante certeza con la que ellos viven, conversan y se autodefinen, miran de soslayo, te palpan con su ponzoña el hombro. Ignoran que la poesía, más que la vida y sus circunstancias, más pretenciosa que la propia eternidad tiende a pasar inadvertida, insustituible.
La poesía sabe desembarazarse de esos desajustes, de esos desastres de nuestra intimidad y del idioma, de aquello que solemos ocuparnos, los poetas de mi generación y yo, con una persistencia que termina corrompiéndonos.


LA RENUNCIA

Morir escribiendo, defecando poesía como si fuera luz, morir de luz y soledad, del ansia de restaurarlo todo: las entrañas y el mar, los domingos y los inviernos, los cementerios y las mutilaciones, la voces y los ojos, restaurar las entregas y el adiós, morir acordonando los zapatos de Lucifer para poder esgrimir el más humano de los cantos.
Morir iluminado, aun sin el plato de comida y sin el sueño, masticando luz, blasfemándola, para que a fin de cuentas la luz no sea sombra, ni dios sin un sentido, ni silencio, proclamando a la luz como la única y corrosiva garantía de verdadera sobrevivencia, la trascendente.
Morir saboteando, inventándole a la noche las luces de neón que otros no se atreven a reconocer intentando perpetuar entre nosotros a la costumbre, morir por aborrecerles, destornillándole los huesos, plastificándoles las vísceras que no entregan o que acomodan domésticamente en sus muebles de bolsillo, morir reventando los cuños y los papeles, de pura explosión, de cándida desarmonía, con la fuerza y las implosiones de tanta luz estallando desde adentro.
Morir de intriga, execrado, calumniado, acusado de ser rufián de la palabra que devela y no perdona, de la palabra que reclama auditarnos el alma y el corazón, auditarnos el nivel de afecto, ese al que no le dedican sitios ni páginas Web, el inasible, el imprescindible afecto que jamás será golondrina de los e-mails, el que jamás emigrará de un celular al otro, el que no podremos quemar en CDs, el que jamás podremos encerrar en Ipod.
Morir como el arpa que deciden abandonar en los sótanos, como los almacenes que clausuran, en la resbaladiza lengua de mis enemigos, por el desmesurado apasionamiento que pudieran esgrimir al hablar de mí contados amigos, por la inapropiada o la impropia conveniencia de las amantes que en verdad lo que me aborrecen con la misma intensidad que me inspiran los burócratas y los presidentes.
Es preferible suicidarse a continuar viviendo como un ser feliz y oscuro.


A ISMAEL GONZÁLEZ CASTAÑER

Sé que el mejor amigo, será aquel capaz de montar un negocio con mi muerte. Antes de hacerlo mis enemigos, es preferible que se beneficie él, y no otro.
Sólo el amigo verdadero podrá mercadear su complicidad y mis dolencias, las que tan bien conoce. Sólo él podrá vender sin recato mis aspiraciones, eso por lo que ahora otros también desean morir y se desviven, ajustando un precio.
Suerte que hay enemigos míos (los suficientes y precisos) que ahora mismo le quisieran comprar una de mis caricias, una de mis nostalgias, al menos uno de mis desafectos.
Se atreverían a comprarle la cruz en la que alguna vez planificaron colgar mi desvergüenza; se atreverían incluso, a comprar los clavos con que me hirieron; la copa que me extendieron y hasta su veneno; la misma sonrisa con que me la ofrecieran para saciar mi sed y que desde entonces guardo, con tanto recelo en mi memoria, ya a la venta también (mucho antes de haber muerto).
Se atreven a ofrecer monedas por mis mentiras y las presumibles astucias; por mis incendios en el infierno; por mis alabanzas y blasfemias.
Suerte para el amigo que tengo enemigos dispuestos a pagar el precio justo por mis bajezas y humillaciones; por el júbilo con que pocas veces he decidido cantar a la vida.
Ellos están dispuestos a pagar, tanto por mi ventura, como por mi desventura.
Ahora mismo ¿qué sucedería?, si no tuviese un amigo presto a comercializarme, y obtener las ganancias que pudieran corresponderle.

jueves 22 de octubre de 2009

Dolores Labarcena (Santiago de Cuba, 1972)


Dolores Labarcena Castillo
(Santiago de Cuba, 1972)

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Poeta.
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Técnico medio en Construcción Civil.

Ha publicado el poemario Las puertas Dialogadas (Editora Abril, 2004), con el cual obtuvo el Premio Calendario, 2002, convocado anualmente por la Asociación Hermanos Saíz.

Actualmente reside en Barcelona.

( Dirección de correo electrónico: doloreslabarcena@hotmail.it )
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del libro LAS PUERTAS DIALOGADAS, 2004

Hay una ventana que se anuncia, un ruido / la oscuridad como centro /. Basta sangrarse en el deseo, ¿prolongarnos? Y no es más que acomodar el golpe, su goce en la postura, o negarse simplemente a los espacios. Y asumo del texto las derivaciones, el ojo de aprendiz. Hay una ventana, un ruido, digamos que la sed. Puede su mano un gesto remanente, demasiado ajeno, ¿un gesto? Y dejaron la voz sobre los vértices, el cuerpo a la deriva. Profanar la recaída de los cúmulos.


del libro inédito PATAS DE BÚHO, serie NUNKENTACHJ

Random: nombre inglés, poco común entre los naturales de Nintx, tuvo un caballo al que llamó Peter. ¡OH, Peter! Con él cabalgó hasta las montañas de Pal. Allí estudió a los clásicos y escribió algún que otro haiku. Cruzando el charco "se congregan las nubes, huelen las axilas sudorosas y tocan guitarras distraídamente". Random: nombre inglés, poco común entre los naturales de Nintx, había leído demasiada prosa para dejar su novela a medias. No pregunten por el caballo. Tampoco en su terruño hay heno, aunque se ven las reses que pastan sobre un no sé qué.

ooOoo

Debió ser, por lo que cuentan, con esos vapores que salían de la guantera y otros orificios a mano. De hecho, en una carretera sin asfaltar. ¿Acaso la bufanda (clamorosamente) entizada sobre el escote, o el hueso atorado en la garganta, son menos creíbles que la cabeza en el horno? Se sabe incluso que hasta las anémonas tienen su pasado y algunos libros (como los de H.) origen dudoso. A causa de los vapores bebió ser, por lo que cuentan. Ciertas historias terminan así: con la avidez de una cerilla.

ooOoo

Fuera de la balística, y del tiempo que media entre el gatillo y un blanco real, “toda acción requiere de un esfuerzo lento y dedicado”. Los tártaros (como esos pueblos de una soñolencia perentoria, carne de cañón) cavaron en cualquier parte sus tumbas. No esas cámaras rituales donde reposa al fin la osamenta, sino cuencos para acarrear el derrumbe, elástico, mucho más remoto.

ooOoo

Luego de largas caminatas, quizás por el Bronx, y antes de tumbarse en su cuarto de estudio, entre lomas y lomas de trastos dispuestos al azar, y periódicos de la época — dijo al hablar de sus cajas: "Esto es el mundo". ¿Y quien lo duda? El hábito no hace al monje... ¿Recuerdas al hombre que se colgaba, hasta que lo hizo imaginariamente de un poste, y el hecho de contarlo le daba cierta placidez en mantenerse vivo? Tal es el sentido de las cajas. Es cuestión de tiempo conservarlas en pie.

ooOoo

¿Has leído a Hobbes? Lo más importante es la imaginación. De eso se trata. Había cruzado el charco de Nunkentachj. Casas cuadradas. Ventas de lencerías y cosas varias. Farolas para llevar la blancura a su punto más alto. Así la ciudad. Nada habló de sus habitantes ni de sus aledaños. Sin embargo apuntó (a la manera de un occidental) en su cuaderno: "Tren de lavado. Música para el oído de afuera".
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ooOoo

Entre los setos, perchas de bambú, lo mismo hombres. Tierra —apúntalo— desde cualquier ángulo. Escasos conductos de agua imitando el océano, según la percepción de alivio. El basamento del lugar.


lunes 12 de octubre de 2009

Pepe Sánchez (Cumanayagua, 1956)


José Sánchez Hernández
(Cumanayagua, Cienfuegos, 1956)
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Poeta, narrador y ensayista.
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Graduado de Ingeniería en Transporte Automotor, es Master en Educación y Profesor auxiliar adjunto de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Cienfuegos.

Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) es, además, fundador y director de la revista cultural Calle B (
http://www.calleb.cult.cu/ ), y miembro de diversas asociaciones internacionales de escritores como el Movimiento Cultural aBrace, el Movimiento Poetas del Mundo, la Sociedad de Escritores de Chile, y la Unión Hispanoamericana de Escritores, entre otras.

Ha publicado:
  • Los dados del viento (poesía), Ediciones Mecenas, 1991.
  • Sueños del tiempo (poesía), Reina del Mar Editores, 1996.
  • El comedor de relojes (narrativa), Ediciones Mecenas, 2000.
  • Paradoja del hombre en su ciudad (poesía), Editorial La Tinta del Alcatraz, México, 2004.
  • Alfanjes de luz (poesía), Ediciones Mecenas, Cienfuegos, 2004.
  • Caballos sobre el césped (poesía), Literalia Editores y Editorial Paraíso Perdido, Guadalajara, México, 2004.
Por su obra ha obtenido diferentes premios y menciones en concursos de narrativa y poesía, y, textos suyos aparecen publicados en antologías y revistas culturales de Cuba, Holanda, Argentina, México, Colombia, Italia, Uruguay, Perú, Chile, Rumania y España.
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( Direcciones de correo electrónico:
pepesanchezh2000@yahoo.es y cumanayagua@azurina.cult.cu )



del libro PALABRAS DE LA OTRA CIRCUNSTANCIA
CUESTIÓN DE OLORES

El problema es el olor y sus cuchillos.
Puedes partir el limón de la tarde
en dos sueños iguales, casi prójimos,
que a los otros siempre les tocará más amargor,
más cicatrices,
y un confín para rumiar las pérdidas.

Porque tu camisa no huele a domingo planchado
te confunden con un turista del cuarto mundo.
No saben que tu cama de malhechor condecorado
huele a fresas recién exprimidas,
al último quejido del suicida;
ni que esa muchacha, la del relámpago en los ojos,
ha parido un arco iris bajo tu almohada,
una estrella gemela de los amaneceres.

El olor de los presidentes abre puertas
y cierra fronteras,
futuros, aleros íntimos,
como naipe marcado en los labios de un mendigo.
La toga de algunos jueces
tiene el olor de espadas partidas
olvidadas en el alma de los guerreros,
cuando el campo de batalla son un par de camisas
y dos corazones que necesitan respirar, solo respirar.
Y no tienes sangre de vigía ni su lenguaje de humo,
ni un pedazo de muro en cada boca del día,
para mirar si diciembre viene del lado de la luz
o quiere tomar la ciudad de tu pecho, incendiar sus colibríes,
tocando el arpa del dolor.
Hay un pacto entre la ballesta y la flecha:
quien rompa a tiempo suyo la tensión
hará diana en las uñas de la noche.

El problema es la sobrevida personal
y su olor de vikingo desarmado.
A veces, en el paralelo de la suerte,
con la luna y cinco pesos puedes desnudar a una mujer,
comprar máscaras, asientos de palco, entradas
para el club de los vendedores de almas.
Cuál pañuelo para tantos olores mortales.
Qué bandera izar en el mástil de la tristeza.

En pie de guerra tu paisaje interior
de ternuras y azules confidentes,
toda la vendimia y el clamor de lo perdido.
Y solo te va quedando en las manos de la espera
cierto olor a novia de adolescencia,
o tal vez,
si lo piensas irónicamente,
como olían los dedos infieles de tus 20 años.



CIERTOS DÍAS

Ciertos días precisas de un amigo,
de su franca luz sobre la mesa
para cortar el pan, la soledad,
la indecisa brújula
que brinda una mañana de sábado.

Uno sabe lo de siempre,
cómo abrir
la puerta hacia un libro,
el olor rotundo de una página en blanco,
los deberes cotidianos,
esa ventana que da al este de los sueños.
Hace varias derrotas aprendió
a morder las palabras frente al espejo;
incluso, sabe cómo hacer
un ajedrez de fotos sobre la cama
cada vez que añora sus veinte años.

Pero ciertos días te palpas la voz,
vuelves a la eterna pregunta.
Entonces registras los armarios
olvidados en el desván de los días,
buscas toda el ansia, la cal rutinaria
que cubre algún sitial de luz.
Entonces echas de menos a la novia,
a tu primer asombro,
de nuevo eres
aquel muchacho de mirada triste,
el rebelde de profesión, aquel que golpea
las puertas del barrio, o del Estado,
a ver si le abre su identidad,
que sale a la calle en busca de la taberna de su ser,
un rincón de la vida nuestro,
o heraldos que anuncien
la caída de todas las fronteras,
el camino a la hermandad del hombre.

Y no es solo que un día
como la llegada de la lluvia
o de un amigo que no se anuncia
al fin sepas quién eres y no eres.
Es más bien convencerte
sin espejos, ni ojos, ni señales de humo,
quién serás una tarde de otoño
cuando ya no precises de un amigo,
ni siquiera -y esto es lo peor-,
de su franca luz sobre la mesa
para cortar el pan, la soledad,
la indecisa brújula
que brinda una mañana de sábado.



POEMA ESCRITO CONTRA MÍ MISMO

Tú y yo abrimos un expediente manuscrito
con la sangre de Lennon y otros argonautas.
La felicidad es una pistola caliente
y ayer ya no era un candor tu semen
ardiendo sobre mi lengua sucia,
que ha maldecido igualmente a troyanos y aqueos
con la misma saliva judicial que te desnuda.

La foto de mi inocencia ha envejecido
como un perro fiel, seguro de ladrar a la luna
y la cama llena de putas del soldado
que todavía cree en el asta de la patria,
rota en el sordo funeral de los que ordenan.

Yo tengo temblando en mi voz
el cuchillo del que acaba de soñar.
Y tú me pedías más psicoanálisis
mordiéndonos el aliento, vientre y nostalgia,
en el mar delirio de la entrega visible y audaz,
sobre el silencio adulto de un pasado que se filtra;
más comprensión, pedías, para tu boca danzarina
que hacía cortes fatales en mi desnudez
y su franco olor a pirata desconfiado.

Yo buscaba un cariño casi gemelo,
quería guardar en ti mis pobres urgencias;
nada era mejor que olvidarnos del tiempo
y su doble crimen enrejado,
de nosotros mismos y aquellas palabras partidas,
si tu noble puerta de artesana de la luz
le abría un Jordán de dudas al porvenir,
un puerto oculto en el mapa de la tristeza.
Y tú podías ser la esquina de alto riesgo,
una loba que amamanta un deseo huérfano;
pero fuiste la tarde sin preguntas ni escaleras,
la ansiedad recostada a un cuadro de Paul Gauguin.

Tú y yo le abrimos un costado inmediato
al mediodía y los lentos vinos del sexo.
Tú y yo y esta marcha forzosa de los sentidos.
Tú y yo y los lagos del placer y la soledad.
Tú y yo y una espera que no se sabe espera.
Yo miraba en ti a mi carta preferida,
mi puta íntima de carne y hueso,
y tú eras la otra amada del pulmón.
En tu pecho respirar fue un acto consciente.
Tú bebías mi vino infiel en el cuerno de la abundancia,
eran las noches del azar en mi granero;
y yo invadía el maná urgente de tu cuerpo
con la astucia de un mercader de Oriente.

Oh, gitana cordial, vestida de horizonte
y de cartas marcadas por el dolor,
qué bien eres la copa de triunfo
y un sabor a desamparo que se oculta;
mi grito venidero que se desdobla y sigue,
augurio abriéndose, llama, viento y alero;
cómo asistir a tu vencida playa de caricias,
a tu entrega inaugural, propensa a mi sed,
la indecisa ternura sobre el mantel familiar;
con qué oración traspasar la siembra que me dejas,
los íconos de tu piel que invocan mis ojos,
si ya eres mi báculo de melancolía,
mi juego floral de ser y no ser, y viceversa,
mi cabaña tutelar sin rejas ni gorriones.

Pero quiero ver que seas la isla insomne
que aguarda siempre el regreso de mi desesperanza,
los cantos migratorios de estas manos que te necesitan;
aunque vanamente haya olvidado
bajo el mustio ciruelo de la ausencia
y los labios perdidos en el cielo callado de tu nombre
algún rostro plural de mi vieja Ítaca,
y no traiga en los sueños raídos aquel vellocino
como un papiro ilegible que justifique mi partida.



DEL DELIRIO Y LA UTOPÍA

A mí, por el solo lirismo,
una sonrisa de mujer me desarma,
me quita la camisa de fuerza del corazón
como espigas dobladas por el fervor;
sobre todo, cuando más acá de sus labios
la noche hambrienta es una espada desnuda
y los malcriados párpados de sus ojos
cierran las señales de alarma y abren
una indiscreta invitación a la complicidad.

A mí, sin la bruma del romántico,
la mirada de una mujer me descubre
el rompecabezas del delirio y la utopía;
pone satélites espías a girar sobre mi cama
y avienta una alegría codiciosa,
de cantos y cuchillos lanzados
al borde del tiempo y los augurios,
como soledad de agencia, como miedos a crédito
y manos en un búcaro florecidas por el intento,
como la última forma de seducir a la vida.

A mí, con su luz de oficio,
unas manos de mujer me levantan,
me iluminan de raíces las vidrieras del alma;
puedo decir que lamen la aventura de mi cuerpo
y ponen un salterio a respirar con las dudas,
un quitabrumas donde la voz ya no abriga,
y entonces hay que comulgar con ese fuego coral
y su antigua danza sobre la piel,
sostenerse, a duras penas y glorias,
en los andamios febriles de su aliento.

A mí, contra todo pronóstico,
el olor a naufragio de una mujer
me levanta y me descubre a la vez,
lírico y romántico, casi por oficio,
como un condenado a la espuma
tenaz sobre su tabla de hundimiento;
y me arma, en la orilla opuesta del corazón,
con el vino de una pasión siempre nueva,
el rompecabezas del delirio y la utopía.



LA MEMORIA DESNUDA
(tango sin bandoneón)

Todo lo que nos deja ya es parte de tu muerte.
Pero te vas y la noche, esta lámpara muda,
llora un sol bastardo y retórico
que se demora, impunemente,
en el mercado de la ausencia.
Me dejas, sin la isla dual del amanecer,
magia cortada en mitad de un silencio que dialoga;
y no sé quién soy con este olor a catástrofe deseada,
qué hay en el fondo de todo lo que me sostiene:
nombre, mapa, víspera, barco, luna, y te vas.
Me dejas y no sé qué tengo a flote.
Hijo de un naufragio de gaviotas al sur
nuestro amuleto diurno busca el eco de dos sombras,
juego circular, resurrección de la palabra.
Te vas, y el grito de tu ausencia
no cabe en la crueldad de un poema sin ti,
no puede caber en la voz lunar de la entrega.
Te vas, campana mía; y me dejas, sueño escarbado,
expuesto sobre los altos buitres del tiempo,
bajo el chaparrón augural de aquel Había una vez...;
mordida verde, noche fluyente en la vaguedad de su símil,
beso que se curva en la memoria desnuda
como un condenado tango sin bandoneón.
Un sol agazapado, casi vulnerable,
no sirve para apoyar el talón de la duda;
un pañuelo sospechoso de medias tintas
no soporta esta gravedad de ti que toca todas las puertas
y pone de vuelta aquel temblor dentro de mí.
Ay del clamor sin fondo que se está acercando;
un arrollo de luz se rompe
y es tanta la sequía en las riberas del pecho.
Todavía el cáliz de tu sombra marca mi desnudez,
y trueca el ayer en mi ventana por un cielo extraño
y vence mi astucia, mi arco, con un sello de nostalgia.
Que al menos, el día no sea día sin olvido,
ni haya noche sin recuerdo y ganas
de empezar otra vez.
Te vas. Qué bien le haces
a la niebla de la incertidumbre y sus ciegos emblemas.
Me dejas en la historia capital de tu sangre
leída desde otra orilla y otro argumento,
sin el coloquio de la costumbre que me hacía lúcido.

En qué región de mi hora poner cerco a tu imagen.
Mi soledad como un indulto a tu belleza
que sigue convocando a elecciones en mis ojos.
Pero aún me sostiene el bolero sutil de tu piel
que toco desde un adiós inservible.
Nada es igual sin ti. Y lo sabes.
Donde me dueles hay un titiritero sin antifaz
actuando para mi corazón como único público.
Ahora te busco en bodegas de la ternura
donde me hice converso de tus pechos desnudos,
ese juego de analogías que acerca tu vientre a mi boca,
y no hay silencio que te nombre y me llame.
La palabra final entre dos vacíos
como otra forma del delirio.
Te quedas en las cosas que nos recuerdan,
no en mí, preso reloj de tu cuerpo,
que soy porque respiro tu aire.
Ya te oigo torciendo mi silueta
junto al muro de la amistad doméstica;
ya te veo por el bulevar de la utopía
paseando con la risa maquillada.
Tú que fuiste cronista de mi vicio de sueños.
Y qué hacer con tu buen manojo de reclamos
ahora que ya no defiendes mi memoria en los espejos.
Cómo firmar un pacto de no agresión
con estas ganas de ti que quedan en el aire.
El Presidente del País no sabe que te vas,
que tu partida es la peor crisis nacional;
que no hay fronteras, ni razón de Estado,
cuando el amor dicta las urgencias del alma.
No hay Patria sin ti. Nadie soy
y ahora la noche me seduce.
Porque me dejas en la esquina de tu olor respirando
girasoles insepultos, abrazos negados y anegados
de aquella alegría que arrimabas a las cosas
y esos asuntos como herejías del corazón
que uno, para no flaquear, disfraza de lugares comunes.



NUNCA LO DICHO SERÁ TODO


.................................................................................."You may say I’m a dreamer
................................................................................but I’m not the only one"
.................................................................................................[ John Lennon ]

A veces uno quisiera una tregua,
algún reloj partido en el horizonte,
un tiempo para hacer recuerdos de la nada.
Uno quisiera trastocar las calles,
poner días de mar y anuncios civiles
en cualquier esquina de septiembre;
hipotecar el olor de la mujer en abril
por los zapatos sin noticias;
que la aduana y una diva de Broadway
pasen desnudas la prueba del insomnio.
Apenas ser una pancarta del porvenir,
esa verdad a la intemperie;
aquel que camina consigo mismo
cuando ninguna razón razona con su desamparo
y hay puentes en la calle rota del olvido
que no han sido volados por el corazón.
Cualquier sol con crédito abierto
para los amigos del bar y sus lanzas de fuego.
Un día sin dueños ni nombres prohibidos,
sin comisionistas del futuro
apostando por los balcones del hijo.
Un presente en que gane la vida,
el grito habitable más allá de tu voz;
sin la frágil diferencia de clases
entre paisaje y terror,
infancia y manos que se abren como augurios.

Hay ganas, por debajo del alma,
de darle rienda suelta a la nostalgia
y sus inoportunos secuaces nocturnos.
Ganas repartidas en los buzones del alba,
alusivas como la semántica en invierno;
ganas de congelar las ganancias del odio
sin nadie vestido con derecho al veto;
urgencia de llamar a la duda de enfrente
para arrancarle la mala hierba,
esos vecinos altamente sectarios,
como el sentido humano de lo nuestro,
la crisis fronteriza, el cielo sin burocracia
y otras terapias de soledad,
cada vez más pañuelo y menos aire.
Tratándose de una tregua entre prójimos
y forajidos del rumbo y las jorobas,
tendrá decretos solo para el que calla.

A veces uno necesita una tregua,
cierta ternura en subasta,
un día no laborable para el dolor,
de salir a fecundar el arte de los sueños;
que sobre todos los latidos
perdure el de libertar, el que congrega.
Y como nunca lo dicho será todo,
uno se guarda deseos no publicables,
pacíficamente escritos en el íntimo candor.
Como cualquier hoy, anónimo, de esos
de casa y jardín, lluvia y azules indefensos,
en que te exilias cerca de tu sombra,
invitar al filin a tu fiesta de espejos,
al crepúsculo cuando es ilegal la tristeza;
junto al país sentar a la utopía.
Y que el amor abra fuego, nubes de coraje,
contra la palabra pretexto y la fe sin abrazos;
que el día de salir a votar por los lobos
John Lennon y la Luz toquen a tu puerta.
.

domingo 30 de agosto de 2009

Olga Lidia Perez (Jarahueca, 1959)


Olga Lidia Pérez Rodríguez
(Jarahueca, Sancti Spíritus, 1959)

Poeta, narradora y traductora.

Graduada en la Licenciatura en Lengua y literatura francesa por la Universidad de La Habana, 1982. Labora como periodista en Página Web de Radio Ciudad de La Habana (
http://www.habanaenlinea.cu ).

Desde 1997 participa como Coordinadora general del Comité organizador de las Bienales IDENTIDAD en homenaje a Ada Elba Pérez, que se desarrollan en La Habana, Jarahueca y Nueva Gerona. Es miembro del grupo poético Aladécima.

Ha publicado los poemarios infantiles:
  • En Jarahueca (Casa Maya de la Poesía, Campeche, México, 1999)
  • Con diez pinceles (Editorial Gente Nueva, 2006)
  • Cuentan que fue un jardinero (Editorial Gente Nueva, 2008)
Poemas, cuentos y artículos suyos han sido publicados en antologías, diarios y revistas de Cuba, México, Venezuela y Argentina.

( Dirección de correo electrónico: olgalidiaperez@cubarte.cult.cu )
.

del libro Con diez pinceles, 2006
CON TU MIRADA

Si nunca has visto las lagartijas
mostrar la lengua por las rendijas,
ni has contemplado cuatro ciempiés
con varios zapatos al revés,
ni has disfrutado los tomeguines
que vuelan vestidos de delfines,
¿qué haces, entonces, con tu mirada
si no te sirve para ver nada?



del libro Cuentan que fue un jardinero, 2008
LOS BARBEROS

Un barbero como Baldo,
pela así,
pela así:
chiquitiquitris tisquispis,
chiquitiquitris tisquispis,
con la tijera amolada,
la cabeza algo mojada
y un espejo en la nariz.

……....................................................…..Pero cuando Liobe pela
…...........................…...…..la navaja,
….............................……..la navaja
…….........................................................…..es quien corta suavemente
……................................................….zacasachás zajascás
…….................................................….zacasachás zajascás,
………......................................................................mientras que un peine sin dientes
……....................................................…..te sonríe amablemente.

Mas, si se trata de Alfredo,
el sillón,
el sillón
girará por diversión
ñingüiñingüiñín ñuinñuín
ñingüiñingüiñín ñuinñuín,
hasta que bravas, las cejas
le tiran de las orejas.

……..........................................................…..Y es fama que a este lugar,
……......................................................…...vienen solas las cabezas
…............................................……....para dejarse pelar.


EL JARDINERO

Las calles todas de flores,
los tejados, las ventanas
van repletas las mañanas
de aromas multicolores.
Brotan como surtidores
desde cualquier agujero.
¿Quién ha puesto tanto esmero?
¿Quién tanta belleza prende?
¿Algún mago, genio o duende?
Cuentan que fue un jardinero.
¿Quién pudo sembrar un sueño?
¿Quién esa luz, ese encanto?
¿Quién hizo crecer el canto
en el leño?
¿Quién desgranó tanto empeño?
¿Quién fue abono y aguacero?
¿Quién contuvo el mal agüero?
¿Quién tornó feliz lo aciago?
¿Algún duende, genio o mago?
Cuentan que fue un jardinero.



del libro inédito El riego de la luz
ESTRICTAMENTE AMOR

Iván era un muchacho organizado y yo lo amé.
Supo archivar cronológicamente el desorden atroz de las tareas del alma;
enumeró mis memorias y esos residuos que fueron quedando de los sueños,
y que en la soledad
son mi refugio contra la quietud del desamparo.
Iván desempolvó todas mis huellas y las sembró,
una tras otra, en los jardines del vecindario
para que cada quien probara el olor de mi existencia,
para que no me quedara reducida a mi nombre o a un golpe de rutina.
Iván distribuyó sus días por mi cuerpo,
a cada espacio de mi piel asignó un códice elegido por sus astros
y luego descifró los signos
porque al amor, pensaba, hay que leerlo partícula a partícula
como si fueras a ordenar la brevedad del tiempo
o a descubrir definitivamente el uso de la fe.
Iván inventó el mapa de mi sexo y podía dibujarlo en cualquier estación del año
sin perder la ruta definitiva
u olvidar la más insignificante coordenada
porque a la luz, pensaba, hay que trazarle los caminos
para que anide en el poniente.
Iván era un muchacho que anotó en la bitácora cada sacudida del oleaje,
cada estremecimiento de las velas,
cada crujir ante el empuje del viento en el océano
para dejar constancia de nuestra expedición a la raíz del universo;
era un muchacho que soñó con trazar los vórtices del ansia,
con mantener en orden los extraños derroteros del amanecer
para evitarnos, creo, el extravío,
pero Iván nunca pudo entender las explosiones inusitadas del corazón,
sus desafueros o las catástrofes
y tras ellos huí
casi con nada,
buscando otra verdad para seguir amándolo desesperadamente desde el recuerdo.


A TRASLUZ

.
Cuando entré sin disfraz al baile de máscaras,
nadie me reconoció;
recorrí el salón desnuda, casi transparente,
pero pasé inadvertida;
hablé con palabras que estremecen las piedras elementales
mas los oídos habían tapiado sus accesos;
arranqué las caretas más cercanas,
pero los rostros se disolvieron en la muchedumbre.
Intenté huir,
y ya en el umbral,
alguien puso un antifaz en mis manos.


TARDE QUE MARCA LA EXACTITUD DEL TIEMPO

……………............................................................……………………ante una foto de Manuel Ruiz Toribio

Por las barricadas ardientes y humeantes,
yo festejé el tiempo de nosotros,
para poder mirarnos con el amor repleto
para rodar hasta este lente que nos detuvo y nos creció;
festejé la mirada aguardándome a mediados de año
con la memoria a horcajadas sobre los sueños,
tan nuestros como esta tarde en que festejo la eternidad contigo,
contigo a lo ancho de mi pasión ilesa,
por las ciudades pobladas de ti,
por las montañas húmedas de ti,
por las plazas repletas de ti,
por ti y contigo
desesperadamente,
en el volcán más tierno de tu cuerpo,
en cada huella recóndita,
en las grietas desnudas de tu carne
festejo tu existencia,
todo fértil relámpago y el mundo


EL RIESGO DE LA LUZ

………………………………...........................………Qué prueba puedo dar de mi mortalidad
…………………………………………............................…………[ Reina María Rodríguez ]

La ventana ―me dijo― es una trampa.
Uno puede creer que es la frontera entre la soledad y el mundo,
esa infinita dimensión para quedarnos en nosotros,
estáticamente en nosotros,
o la tibia funda donde resguardarnos del paso ajeno;
uno puede pensar que es un retrato,
quizás la sospechosa tentación a los olvidos,
asociarla al concepto más cruel que deambule en torno a la raíz y nos desgarre,
al sobrevuelo de todas las miserias, las culpas;
uno puede leerla como el libro donde la eternidad acepta sus orillas,
sus quejas de infeliz extensión del tiempo y el espacio,
las innombrables páginas del ser,
cualquier boceto excepcional.
Todos podemos postrarnos a su vera a esperar nuestras limosnas cotidianas,
pero cada quien verá su propio e irrepetible paisaje,
su indivisa y abstracta dimensión,
su frágil encuentro con la génesis.
Esta ventana ―dijo― ha sido mi trayecto.
Cuando niño la dibujé en el lomo y el pescuezo de mi caballo
para que sus sueños pudieran asomarse
y me lo agradeció como si le hubiese salvado la existencia.
Cuando crecí la llevé en los bolsillos
por si mis pasos torcía tras el infortunio de las sombras,
poder restituirles su identidad.
Porque te amé ―me dijo― te la tatué en los párpados
para salvarte de la mansedumbre y la aridez del alma.
La ventana fue siempre este camino interminable hasta encontrarte,
este sendero sin retorno
que ahora transito hacia el vacío
donde me lanzo sin una pizca de temor
hasta tomar tu luz.